lunes, 25 de marzo de 2013

He aprendido a vivir en el silencio



Saben a tierra las derrotas, cicatrices de palabras,
cuando se derraman por mis manos agitadas
por el viento igual que las espigas de Irlanda.

Derrotas cotidianas en los bolsillos
(de viejos vaqueros con sabor a humedad
que me resisto a empujar por la ventana)
nos arrastran por muslos desnudos
cuyos nombres me oculto para no conocerte.

Por la mañana estuve en el verano
de esta ciudad de rostros amurallados,
de ilusiones sin felicidad que morirán
en nuestra memoria, sin granito
sobre el que escribir una fecha.

Soy el tiempo primitivo que me habita,
un mapa sin hogares de destino,
sólo arañazos de invierno,
palabras que demoran sus letras
y acaban convertidas en desiertos
y sábanas torpemente sucias.

He aprendido a vivir en el silencio,
recordando las calles para no regresar sin pasado
y arder en las fotografías que no guardo.

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