Saben
a tierra las derrotas, cicatrices de palabras,
cuando
se derraman por mis manos agitadas
por
el viento igual que las espigas de Irlanda.
Derrotas
cotidianas en los bolsillos
(de
viejos vaqueros con sabor a humedad
que
me resisto a empujar por la ventana)
nos
arrastran por muslos desnudos
cuyos
nombres me oculto para no conocerte.
Por
la mañana estuve en el verano
de
esta ciudad de rostros amurallados,
de
ilusiones sin felicidad que morirán
en
nuestra memoria, sin granito
sobre
el que escribir una fecha.
Soy
el tiempo primitivo que me habita,
un
mapa sin hogares de destino,
sólo
arañazos de invierno,
palabras
que demoran sus letras
y
acaban convertidas en desiertos
y
sábanas torpemente sucias.
He
aprendido a vivir en el silencio,
recordando
las calles para no regresar sin pasado

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