Cientos
de piedras caminan bajo tus pasos,
Armadas
de bosques y rostros,
Resignadas
a las lluvias de cada otoño.
Recuerda
que tu nombre existe sólo en mis palabras,
En
mis manos de saldo, en un mensaje sin fondo,
En
los atardeceres de nuestros acantilados imaginarios.
Los
teléfonos suenan en la pendiente de la ciudad,
Donde
el humo nos regresa al pasado
Y
las viejas casas tardan en arder
En
un fuego de semanas precipitadas, un fuego
Arrogante
ante la débil resistencia de mi deseo.
Quisiera
refugiarme en el rostro de la noche,
Disidente
y austero, aferrado a la dignidad de la derrota,
Hambriento
de palabras grises y daltónicas.
Quisiera
acercarme a ti a paso de Historia,
Con
la desnuda mirada que arrastra el tiempo
Y
posarte en la vida, hacerte oxígeno:
Encontrarte
en las fronteras de esta habitación.
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