Un cielo olvidado actúa de fondo de la fotografía.
Sin saberlo empezó a vivir en un tiempo sin edad,
víctima de aguaceros imprudentes,
de teléfonos distantes que se obstinaron en no regresar.
Pobre entre la pobreza,
disimula mirando de reojo las extrañas de la ciudad.
A primera hora, con la noche ya marchita,
busca en el fondo del invierno un pedazo de existencia
que llevarse a la boca,
un todavía por el que resistir hasta que llegue un mensaje
en las botellas tiradas por unos grandes almacenes.
Es un hombre con dedos de lluvia,
Oigo su nombre resonar en los muros,
en las angostas calles de los primeros días de noviembre,
Cuando otras mujeres y algunos hombres
añoran reconocerse en los cálidos atardeceres rojos.
Oigo su nombre en los anónimos nombres de los periódicos,
deletrea una tristeza hecha raíces impertinentes,
una tristeza seducida en años de cuerpo a cuerpo.

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