Siento
tu rostro impresionado en la tierra,
Eres
patria en el frío paisaje de la lejanía de enero,
En
las heridas que dan luz a tu piel en tus días grises.
Te siento la sombra de la que nunca regresé,
Un
agujero negro en la manifestación de los días,
Un
basto continente de agua dormida entre mis manos.
Desato
mis costuras, mi sangre, mis primeras veces,
En
un movimiento ininterrumpido de palabras
y
entonces soy sonido, un cráter de naturaleza salvaje,
un
grito puro de arco iris revolucionario.
Somos
el espejo de una tierra golpeada,
de
una herida combatiente, colectiva,
sumergida
en ríos de carbón y rocío sobre las venas.
Vivimos
con el vino al cuello,
con
el deseo, a veces marchito, de los cuerpos ajenos,
raíz
definitiva de un para nunca.
En
ti soy una verdad desesperada,
la
asombrosa eternidad del ahora
mientras
oscurecemos aferrados a dentelladas.
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