La leyenda de la bruja cristiana de Selviejo. Sale de la cabaña y en el horizonte todo es blanco. Lo que ayer era verde de prados y bosques, ahora es un manto puro de blancura inmensa. Nieve que cubre los tejados de lastrras, nieve que alimenta la sed de los prados y nieve que esconde los caminos. Todo es nieve en el Escudo y más allá. Pero la vieja, la tía Noive, calza sus albarcas y se ata el pañuelo a la cabeza, dominando ese pelo también blanco como la nieve. Abriga sus viejos huesos ya de hojalata y camina a oír misa de domingo. La vieja Noive es una solterona que ya no sabe ni contar sus años, delgada como el hambre, con la nariz aguileña y una verruga debajo de su boca desdentada. Pero sus pasos la llevan segura hasta la ermita del pueblo y allí se santigua con agua bendita de la pila. Cuentan las malas lenguas del pueblo, envidiosas y envenenadas, que la tía Noive tenía por vicio confesar sus fechorías de hechicera al servicio del diablo y que esa misma mañana de domingo blanco había pedido confesión al sacerdote pecador. Este, asiduo a las tabernas y al chacolí, a las cocinas y maledicencias de las viejas, sospechaba de la condición de bruja endemoniada de la vieja y para convencerse imaginó una trampa bellaca contraviniendo el mandamiento de no mentir. Comenzada la confesión y mientras la tía Noive confesaba ofensas menores a Dios, el señor cura se hizo un falso preso del sueño. La buena fé de la vieja penitente le llevó a preguntar la causa de tanto sueño, a lo que el pícaro sacerdote le respondió que había estado en los aquelarres de la noche del sábado en Cernégula con las brujas. En una mezcla de ingenuidad e incredulidad replicó la vieja: -'Pues no le ví yo por allí".
Las brujas en La Montaña, se reunían en Cernégula, (al norte de Burgos), todos los sábados.
No hay comentarios:
Publicar un comentario